La universidad en España: de lo analógico a lo smart

Hace años leía un libro de Nicholas Negroponte titulado “Ser digital” que me fascinó y cautivó. Luego llegó Alvin y Heidi Toffler con “La Revolución de la Riqueza” y abrió mi mente a las marillavas que estaban por venir y los desafíos que tendríamos que superar. Eran los comienzos del siglo XXI allá por los 2003-2004 y todos estábamos fascinados por Internet, los foros, los blog, los comienzos de Youtube, el IRC pero  las redes sociales, la impresión digital, el internet de las cosas, el cloud, el big data y la inter-conectividad eran algo desconocido. Por aquel entonces, la universidad seguía siendo muy analógica y poco o nada digital, pero con el paso del tiempo, fue adaptándose y poco a poco surgieron los campus virtuales donde poder consultar las notas, mandar correos electrónicos al profesor, matricularse o incluso que nos dejaran los apuntes.

Diez años después, muchas universidades españolas siguen siendo analógico-digitales, reticentes en abandonar lo analógico, que hacen convivir con lo digital, pero sin explotar al máximo las posibilidades de éste último. Lo malo, es que vuelven a llegar tarde a lo que yo llamo la Virtual Smart Revolution (VSR) o Revolución Virtual Inteligente.

Lo digital trajo consigo flexibilidad, adaptación y un palabrejo como customización. Algo parecido a yo me lo guiso y yo me lo como, cuando yo quiero, como yo quiero, donde yo quiero y con quién yo quiera. Y la universidadforges-burocracia.jpgd aunque ha logrado por lo menos en algunos aspectos administrativos un gran avance, sigue siendo un terreno al más puro estilo jaula de hierro de Weber. Muchos trámites siguen siendo eternos y tediosos y si tienen alguna duda, intenten acreditarse en la ANECA, sólo les desearé suerte y que los dioses galos les protejan como protegieron a Obelix y Asterix en su visita a una administración romana para lograr un certificado en el maravilloso volumen “Las doce pruebas de Asterix”. Nuestro Forges también supo captarlo.

La presencia analógica sigue muy presente en las universidades en lo cuadriculado de sus programas, es decir, en la dificultad que tiene un alumno para seguir una trayectoria curricular más adaptada a sus preferencias y gustos. En las universidades norteamericanas, los alumnos tienen que matricularse de un “minor” y un “mayor”. El “mayor” se refiere al área general de estudios y el “minor” es la especialidad. Si bien existen algunas limitaciones o asignaturas que cursar para obtener el “mayor”, el alumno tiene total libertad para construir su trayectoria académica según sus gustos y preferencias. Así, podría matricularme de mi “mayor” en Economía y obtener mi “minor” en programación informática y lenguajes aplicados a las finanzas, perfil por otro lado, cada vez más demandado por las empresas en España. Pero también permitiría a un filósofo centrarse en lógica informática y lenguajes autónomos y de inteligencia artificial o a un físico aprender teoría económica y hacer econofísica. Estamos hablando por tanto de fomentar la creatividad y el talento de los alumnos y que ellos mismos sean responsables de sus estudios y de lo que desean hacer con ellos en el futuro. En un momento donde las profesiones del futuro las desconocemos, no dejamos suficiente flexibilidad, adaptabilidad y creatividad para que los alumnos sean capaces de descubrir sus posibilidades y responder las demandas cada vez más rápidas y cambiantes del mundo profesional.

Otro aspecto importante es que seguimos gestionando los estudios con una línea temporal analógica, cuando el futuro exige que sea totalmente virtual. Lo analógico no permite la interacción, simplemente abre una funcionalidad determinada, como por ejemplo, le doy  aun interruptor y obtengo energía eléctrica. Así, no es que la universidad llegue tarde a la revolución digital, es que todavía no conoce las ventajas de lo que yo llamo la Revolución Virtual Inteligente. Estoy hablando de que la universidad todavía desconoce las ventajas del internet de las cosas, la economía colaborativa, el cloud computing y el big data. Cada vez que veo un caso o un ejercicio con datos desfasados, me pregunto si la persona que los elabora conoce realmente todas las bases de datos existentes a su disposición, pero voy más allá, la capacidad para que desde las clases se trabaje con datos actuales en problemas reales. Se imaginan una clase de macroeconomía discutiendo los problemas de la política monetaria mientras se trabaja sobre los datos reales que ofrece el BCE en tiempo casi real. O el compartir esos datos con alumnos de otra universidad nacional o extranjera, y ver cómo lo analizan ellos y aprender juntos. O que una empresa decida compartir información sobre ciertos aspectos y ver qué soluciones pueden ofrecer los estudiantes de hoy y que mañana, serán los profesionales que trabajen en sus plantillas. Se imaginan que me matricule en Oxford y que pueda asistir a sus clases conectado en realidad virtual, desde mi casa en España, y que pueda consultar los mismos libros, digitalizados, que mis compañeros en USA.

¿Se imaginan cuántos datos crean al día todas las universidades españolas? ¿y europeas? ¿Se imaginan que estuvieran conectadas, los compartieran y pudiera trabajarse sobre ellos?  Toda esa información que todavía no se recoge, no tiene posibilidad de ser transformara en conocimiento y se está perdiendo. Por no hablar de las habilidades en el uso de herramientas tecnológicas clave que los alumnos usarán en su futuro laboral.

Pues dejemos de imaginar y pongámoslo en marcha.

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