Los cuentos chinos de Trump, Le Pen: economía analógica vs economía digital

A muy pocos se nos escapa ya, los enormes procesos disruptivos y de cambio que se vienen produciendo en el sistema capitalista desde la introducción de los sistemas informáticos y las nuevas tecnologías en el proceso de producción. Ya nada volverá a ser lo mismo, pero es que nunca nada vuelve a ser lo mismo, como ya había dicho Heráclito en su tiempo.

La digitalización de la economía y la actual virtualización de la misma, nos llevan a un terreno inexplorado y desconocido para el ser humano, y por tanto, ante unas nuevas formas de relación que acabarán por transformar lo que nos rodea, desde lo económico hasta lo político, social e incluso familiar. Uno de los campos donde más está haciendo efecto esta nueva forma de entender el mundo y entender al ser humano, es el seno del capitalismo, más en concreto, en los sectores manufactureros de la industria ligera y pesada. Una fábrica de coches actual no tendrá nada que ver a una de los años 80 y mucho menos, a la que en su día tenía delante Henry Ford. Ello supone nuevas oportunidades para una gama de empleos y la destrucción de otros muchos, eso que el sociólogo alemán Sombart vino en llamar “destrucción creativa” y posteriormente popularizó el economista austriaco Schumpeter.

La innovación es hija de ese cambio y de esa destrucción creativa, que nos lleva a nuevas formas de entablar los sistemas productivos, es decir, a introducir novedades y modificaciones en las cadenas de montaje, léase más automatización y menos mano de obra en ese campo, lo que trae 14738684863893.jpgconsigo que muchos puestos de trabajo devengan en inservibles. Los críticos de este proceso ponen el grito en el cielo, avisando de un mundo lleno de hordas de desempleados de cuello azul hambrientos y pobres, como si de zombis se trataran, buscando sustento. Uno de los máximos defensores de esta mirada es el economista Jeremy Rifkin en sus obras El fin del trabajo y La sociedad del coste marginal cero.

Esta mirada pesimista sobre el futuro de la clase obrera manufacturera mundial es la que toman para sus intereses políticos, los populistas de nuevo corte como Trump o Le Pen. Si bien es cierto, que muchas áreas tanto de los Estados Unidos como de Francia, también del Reino Unido, están sufriendo este proceso de cambio y de destrucción de mano de obra, la solución no está en la que sus programas ofrecen. El cambio es inexorable, por mucho en que éstos señores se empeñen y por tanto, están mintiendo y exagerando los beneficios de sus políticas.

No es posible,  lo digo bien alto, no es posible salvar en su mayoría los empleos de cuello azul de la zona de los Grandes Lagos como pretende hacerlo el Sr. Trump. Y no es posible, porque el proceso de automatización es imparable. El Sr. Trump podrá obligar a las empresas automovilísticas y otras compañías estadounidenses a fabricar en los USA, por decreto ley podrá obligarlas a contratar más obreros americanos e incluso, podrá establecer aranceles a toda importación de productos manufacturados en el exterior. Pero tarde o temprano, se encontrará con una realidad, los costes habrán aumentado, las ventas disminuido y las empresas automovilísticas y manufactureras estadounidenses se encontrarán en una situación de quiebra. Algo parecido les ocurrió ya cuando en Japón los empresarios del automóvil nipón, allá por los años 80, decidieron aplicar las innovaciones que implicaba el sistema de producción Toyota o just in time (JIT) y la aplicación de los criterios de kaizen 改善 (mejora continua) y gemba 現場 (generación de valor).

El proteccionismo ya se mostró un sistema económico fallido como se vió con la aplicación de las ideas mercantilistas en los siglos XVII y XVIII. La riqueza de la una nación, como se encargo de demostrar Adam Smith frente a los postulados de Colbert, se encuentra en su libre comercio y en la menor ingerencia de los políticos en la economía. Mantener puestos de trabajo de hoy para el futuro es una de las estupideces económicas más grandes que he leído en tiempo, y además, una política económica peligrosa por sus perniciosos efectos.

Estupidez porque supone primero mentir a los votantes sobre la capacidad de un presidente de gobierno para frenar la innovación y el cambio tecnológico actual. Si el presidente de los USA desea detenerlo, lo único que conseguirá es que su propio país, que actualmente es la locomotora, se baje y deje de serlo, permitiendo que otro tome su posición privilegiada y de liderazgo. Uno puede poner barreras a las personas e incluso al dinero y los factores productivos, pero no puede poner muros a las ideas, como ya bien sabemos por las experiencias comunistas. En España conocemos muy bien por experiencia propia, cual son los resultados de esa manía por defender lo patrio y cerrarse a toda innovación extranjera, que fue la política que durante siglos defendieron nuestros gobernantes, pero aún así, no pudieron frenar la circulación de las ideas y las nuevas formas de hacer y pensar. El mundo no se parará ni dejará de girar por mucho que los USA decidan bajarse.

Por otro lado, ni el Sr. Trump, ni la Sra. Le Pen ni cualquiera de los que defienden posturas casi luditas y  mucho menos un servidor, somos capaces de prever el futuro, y por tanto, saber qué puestos de trabajo seguirán, cuáles se destruirán y cuáles serán las nuevas profesiones del futuro. Esto es algo que tenía muy claro el sociólogo y filósofo austríaco Karl Popper, que en su obra La miseria del historicismo defendía que no se puede hacer predicciones sobre el futuro porque somos incapaces de conocer el estado de la tecnología de ese preciso momento:

“1.- El curso de la historia humana está fuertemente influido por el crecimiento de los conocimientos humanos. (La verdad de esta premisa tiene que ser admitida aún por los que ven nuestras ideas incluidas nuestras ideas científicas, como el subproducto de un desarrollo material de cualquier clase que sea.)

2.- No podemos predecir, por métodos racionales o científicos, el crecimiento futuro de nuestros conocimientos científicos. (Esta aserción puede ser probada lógicamente por consideraciones esbozadas más abajo.)

3.- No podemos, por tanto, predecir el curso futuro de la historia humana.”

Karl R. Popper, La miseria del historicismo, pág. 13-14. Alianza Editorial.

Así que cuando algún político le diga que protegerá su puesto de trabajo, le debe responder sin miedo, que simplemente no puede y deje de mentirle.

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