C3PO y R2D2 tendrán que cotizar a la seguridad social

Un subtítulo adecuado a esta entrada sería “o de la estupidez de ponerle puertas al campo”. Si algo caracteriza a todos los políticos de todos los partidos, a parte de su socialismo como bien indicó Hayek en Camino de Servidumbre, es esa manía de seguir aplicando políticas soma sin sentido para arreglar situaciones graves que son el resultado de haber aplicado anteriormente políticas soma. Para aquellos que no hayan leído la genial obra de Aldous Huxley , Un mundo felizsoma es una droga que sirve el Estado a los ciudadanos de Metrópolis y que cura todo tipo de dolor emocional, así los habitantes de esa utopía futurista viven despreocupados y felices cual perdices, a pesar de haber perdido gran parte de su libertad.

Lo malo de las distopías y las utopías es que, pesar de que hacen referencia a escenarios futuros, nos percatamos que muchas de sus ideas están ya presentes en nuestras sociedades. El genial Lewis Mumford escribió en 1922 un fantástico libro sobre las diferentes utopías imaginadas a lo largo de la historia del pensamiento humano, Historia de las utopías, donde el lector puede comprobar que si algo caracteriza a todos esos escenarios futuros de plena felicidad, es que el individuo debe perder parte o toda su libertad para que a cambio, una pequeña élite dirija por completo todos los aspectos de su vida en pos de un bien mayor social.

Nuestros estados de bienestar no dejan de ser pequeñas utopías donde una élite, que posee el poder de la fuerza y la coacción, planifica y dirige nuestra vida desde la cuna hasta la tumba en pos de un bien social mayor. En vez de soma aplican políticas sociales o de bienestar social, bajo la excusa de que gracias al sacrificio de los que más tienen podemos mejorar la vida de los que menos poseen y así, mejorar entre todos. Esto no deja de sonar al cuento de la cigarra y la hormiga, donde el estado cigarra arrebata en pos de un bien mayor, el trabajo del individuo hormiga.

mady.jpgLa última invención del estado benefactor es solucionar el problema del sistema de pensiones públicas creado por ellos mismos, cobrando impuestos a los futuros robots que comiencen a trabajar en las empresas. Así, piensan nuestros adalides y cuidadores, que solucionarán dos problemas de un solo disparo. Por un lado, la transformación tecnológica que está dejando a miles de personas sin trabajo debido a una mayor robotización de las tareas en las empresas y, por otro lado, mantener el sistemas de pensiones públicas a pesar del descenso de la población activa, porque las cotizaciones que dejan de pagar los trabajadores humanos empezarán a ser pagadas por los robots.

Así, bajo dos amenazas que son irreales, pero que hacen cundir nuestro pánico como el paro y un sistema de pensiones quebrado que nos dejará en la vejez desvalidos, nos quieren hacer tragar la soma política correspondiente. Y digo irreales porque los países con mayor número de implantación robótica son Corea del Sur, Japón, Alemania, Singapur y Suecia que destacan sobre todo, por tener unos índices de desempleos realmente bajos. Y por otro lado, si no deseamos encontrarnos desamparados cuando la vejez nos alcance, podemos optar por ser previsores y contratar un plan de pensiones privado que nos asegure esta etapa vital.

La medida es disparatada por muchas razones. Primera, porque antes de cobrar el correspondiente impuesto, habrá que definir qué es un robot y cómo se recaudará la mencionada tasa. Segunda, supone un verdadero freno a la investigación, desarrollo, innovación y mejora competitiva de la economía y tiene un cierto olor rancio a ese antiguo movimiento ludita contra la máquina. Tercero, está por ver que se destruyan más empleos de los que se puedan generar. En este sentido, comparto la idea de Sir Ken Robinson en cuanto a que desconocemos por completo a día de hoy, todas las oportunidades y nuevas profesiones que el futuro va a demandar. Cuarta, la aplicación de la robótica a pequeñas escalas conocida como nanotecnología, está reduciendo ampliamente los costes médicos y además, supone una revolución en la prescripción farmacológica, ya que podría permitir la terapia de medicamentos individualizada, con los consiguientes recortes y ahorros en una de las partidas más importantes del sistema de bienestar actual. Frenar vía impuestos el desarrollo de la robótica, puede suponer también, detener los desarrollos en este campo. Quinta y última, el verdadero quid de la trama, al mejor estilo Juego de Tronos, radica en que una mayor implantación de la robótica frena y reduce el poder de negociación tanto de sindicatos como del estado en sus relaciones con el mundo de la empresa.

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